jueves, 1 de marzo de 2012

Discurso de Steve Jobs

Tengo el honor de estar hoy aquí con ustedes en su comienzo en una de las mejores universidades del mundo. La verdad sea dicha, yo nunca me gradué. En realidad, esto es lo más cerca que jamás he estado de una graduación universitaria. Hoy les quiero contar tres historias de mi vida. Nada especial. Sólo tres historias.
La primera historia versa sobre "conectar los puntos".
Mi segunda historia es sobre el amor y la pérdida.
Mi tercera historia es sobre la muerte.
Dejé la Universidad de Reed tras los seis primeros meses, pero después seguí vagando por allí otros 18 meses, más o menos, antes de dejarlo del todo. Entonces, ¿por qué lo dejé?
Comenzó antes de que yo naciera. Mi madre biológica era una estudiante joven y soltera, y decidió darme en adopción. Ella tenía muy claro que quienes me adoptaran tendrían que ser titulados universitarios, de modo que se preparó todo para que al nacer fuese adoptado por un abogado y su mujer. Solo que cuando yo nací decidieron a último momento que lo que de verdad querían era una niña. Así que mis padres, que estaban en lista de espera, recibieron una llamada a medianoche preguntando:
“Tenemos un niño no esperado; ¿lo queréis?”
“Por supuesto”, dijeron ellos.
Mi madre biológica se enteró de que mi madre no tenía título universitario, y que mi padre ni siquiera había terminado el bachillerato, así que se negó a firmar los documentos de adopción. Sólo cedió, meses más tarde, cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la universidad. Y 17 años más tarde fui a la universidad. Pero descuidadamente elegí una universidad que era casi tan cara como Stanford, y todos los ahorros de mis padres, de clase trabajadora, los estaba gastando en mi matrícula. Después de seis meses, no le veía propósito alguno. No tenía idea de qué quería hacer con mi vida, y menos aún de cómo la universidad me iba a ayudar a averiguarlo. Y me estaba gastando todos los ahorros que mis padres habían conseguido a lo largo de su vida. Así que decidí dejarlo, y confiar en que las cosas saldrían bien.
En su momento me dio miedo, pero en retrospectiva fue una de las mejores decisiones que nunca haya tomado. En el momento en que lo dejé, ya no fui más a las clases obligatorias que no me interesaban y comencé a meterme en las que parecían interesantes. No era idílico. No tenía dormitorio, así que dormía en el suelo de las habitaciones de mis amigos, devolvía botellas de Coca Cola por los 5 céntimos del envase para conseguir dinero para comer, y caminaba más de 10 kilómetros los domingos por la noche para comer bien una vez por semana en el templo de los Hare Krishna. Me encantaba. Y muchas cosas con las que me fui topando al seguir mi curiosidad e intuición resultaron no tener precio más adelante. Les daré un ejemplo.
En aquella época la Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor formación en caligrafía del país. En todas partes del campus, todos los pósters, todas las etiquetas de todos los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano. Como ya no estaba matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí asistir al curso de caligrafía para aprender cómo se hacía. Aprendí cosas sobre el serif y tipografías sans serif, sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace realmente grande a una gran tipografía. Era sutilmente bello, histórica y artísticamente, de una forma que la ciencia no puede capturar, y lo encontré fascinante. Nada de esto tenía ni la más mínima esperanza de aplicación práctica en mi vida. Pero diez años más tarde, cuando estábamos diseñando el primer computador Macintosh, recordé todo eso. Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer computador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún computador personal los tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los computadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen.
Por supuesto, era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en clase, pero fue muy, muy claro al mirar atrás diez años más tarde. Lo diré otra vez: no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tienen que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea.
Esta forma de actuar nunca me ha dejado tirado, y ha marcado la diferencia en mi vida.
Tuve suerte, supe pronto en mi vida qué era lo que más deseaba hacer. Woz y yo creamos Apple en el garaje de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos mucho, y en diez años Apple creció de ser sólo nosotros dos a ser una compañía valorada en dos mil millones de dólares y 4.000 empleados. Hacía justo un año que habíamos lanzado nuestra mejor creación —el Macintosh— un año antes, y hacía poco que había cumplido los 30. Y me despidieron. ¿Cómo te pueden echar de la empresa que tú has creado? Bueno, mientras Apple crecía, contratamos a alguien que yo creía muy capacitado para llevar la compañía junto conmigo, y durante el primer año, más o menos, las cosas fueron bien. Pero luego nuestra perspectiva del futuro comenzó a ser distinta y finalmente nos apartamos completamente. Cuando eso pasó, nuestra Junta Directiva se puso de su parte. Así que a los 30 estaba fuera. Y de forma muy notoria. Lo que había sido el centro de toda mi vida adulta se había ido y fue devastador. Realmente no supe qué hacer durante algunos meses. Sentía que había dado de lado a la anterior generación de emprendedores, que había soltado el testigo en el momento en que me lo pasaban. Me reuní con David Packard [de HP] y Bob Noyce [Intel], e intenté disculparme por haberlo fastidiado tanto. Fue un fracaso muy notorio, e incluso pensé en huir del valle [Silicon Valley]. Pero algo comenzó a abrirse paso en mí, aún amaba lo que hacía.
El resultado de los acontecimientos en Apple no había cambiado eso ni un ápice. Había sido rechazado, pero aún estaba enamorado. Así que decidí comenzar de nuevo. No lo vi así entonces, pero resultó ser que el que me echaran de Apple fue lo mejor que jamás me pudo haber pasado. Había cambiado el peso del éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante, menos seguro de las cosas. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida.
Durante los siguientes cinco años, creé una empresa llamada NeXT, otra llamada Pixar, y me enamoré de una mujer asombrosa que se convertiría después en mi esposa. Pixar llegó a crear el primer largometraje animado por ordenador, Toy Story, y es ahora el estudio de animación más exitoso del mundo. En un notable giro de los acontecimientos, Apple compró NeXT, yo regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT es el corazón del actual renacimiento de Apple. Y Laurene y yo tenemos una maravillosa familia.
Estoy bastante seguro de que nada de esto habría ocurrido si no me hubieran echado de Apple. Creo que fue una medicina horrible, pero supongo que el paciente la necesitaba. A veces, la vida te da en la cabeza con un ladrillo. No pierdan la fe. Estoy convencido de que la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tienen que encontrar qué es lo que aman. Y esto vale tanto para su trabajo como para sus amantes. El trabajo va a llenar gran parte de su vida, y la única forma de estar realmente satisfecho es hacer lo que consideren un trabajo genial. Y la única forma de tener un trabajo genial es amar lo que hacen. Si aún no lo han encontrado, sigan buscando. No se conformen.
Como en todo lo que tiene que ver con el corazón, lo sabrán cuando lo hayan encontrado. Y como en todas las relaciones geniales, las cosas mejoran y mejoran según pasan los años. Así que sigan buscando hasta que lo encuentren. No se conformen.
Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo como: “Si vives cada día como si fuera el último, algún día tendrás razón”. Me marcó, y desde entonces, durante los últimos 33 años, cada mañana me he mirado en el espejo y me he preguntado: “Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?” Y si la respuesta era “No” durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo. Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida. Porque prácticamente todo, las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso se desvanece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante.
Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón. Hace casi un año me diagnosticaron cáncer. Me hicieron un escaneo a las 7:30 de la mañana, y mostraba claramente un tumor en el páncreas. Ni siquiera sabía qué era el páncreas. Los médicos me dijeron que era prácticamente seguro un tipo de cáncer incurable y que mi esperanza de vida sería de tres a seis meses. Mi médico me aconsejó que me fuese a casa y dejara zanjados mis asuntos, forma médica de decir: prepárate a morir. Significa intentar decirles a tus hijos en unos pocos meses lo que ibas a decirles en diez años. Significa asegurarte de que todo queda atado y bien atado, para que sea tan fácil como sea posible para tu familia. Significa decir adiós. Viví todo un día con ese diagnóstico. Luego, a última hora de la tarde, me hicieron una biopsia, metiéndome un endoscopio por la garganta, a través del estómago y el duodeno, pincharon el páncreas con una aguja para obtener algunas células del tumor. Yo estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me dijo que cuando vio las células al microscopio el médico comenzó a llorar porque resultó ser una forma muy rara de cáncer pancreático que se puede curar con cirugía.
Me operaron, y ahora estoy bien. Esto es lo más cerca que he estado de la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté de ella durante algunas décadas más. Habiendo vivido esto, ahora les puedo decir esto con más certeza que cuando la muerte era un concepto útil, pero puramente intelectual: Nadie quiere morir. Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y así tiene que ser, porque la Muerte es posiblemente el mejor invento de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo. Ahora mismo lo nuevo son ustedes, pero dentro de no demasiado tiempo, de forma gradual, ustedes se irán convirtiendo en lo viejo, y van a ser apartados. Siento ser tan dramático, pero es bastante cierto. El tiempo de ustedes es limitado, así que no lo gasten viviendo la vida de otro. No se dejen atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros. No dejen que el ruido de las opiniones de los demás ahogue la voz interior propia. Y lo más importante, tengan el coraje de seguir a su corazón y su intuición. De algún modo ellos ya saben lo que tú realmente quieres ser. Todo lo demás es secundario.
Cuando era joven, había una publicación asombrosa llamada "The Whole Earth Catalog" [Catálogo de toda la Tierra], una de las biblias de mi generación. La creó un tipo llamado Stewart Brand no lejos de aquí, en Menlo Park y la trajo a la vida con su toque poético. Eran los últimos años 60, antes de los computadores personales y la autoedición, así que se hacía con máquinas de escribir, tijeras, y cámaras Polaroid. Era como Google con tapas de cartulina, 35 años de que llegara Google, era idealista, y rebosaba de herramientas claras y grandes conceptos. Stewart y su equipo sacaron varios números del The Whole Earth Catalog, y cuando llegó su momento, sacaron un último número. Fue a mediados de los 70, y yo tenía la edad de ustedes. En la contraportada de su último número había una fotografía de una carretera por el campo a primera hora de la mañana, la clase de carretera en la que podrías encontrarte “haciendo dedo” si son aventureros. Bajo ella estaban las palabras: “Sigue hambriento. Sigue alocado”.
Era su último mensaje de despedida. Sigue hambriento. Sigue alocado. Y siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando ustedes se gradúan para comenzar de nuevo, les deseo lo mismo. Sigan hambrientos. Sigan alocados.

Los beneficios del fracaso y la importancia de la imaginación - discurso de J.K.Rowling

Me he devanado la cabeza y el corazón pensando en lo que debía decir hoy. Me he preguntado sobre lo que me hubiese gustado escuchar en mi propia graduación y he repasado las importantes lecciones que he aprendido durante los 21 años que han pasado desde aquel día hasta hoy. Y he llegado a dos respuestas. En este maravilloso día en el que nos reunimos para celebrar el éxito académico de todos ustedes he decidido hablarles sobre los beneficios del fracaso. Y como ustedes están a punto de ingresar a la llamada “vida real”, quiero también ponderar ante ustedes la crucial importancia que tiene la imaginación.

Recordar a la joven de 21 años que yo era cuando me gradué es una experiencia un poco incómoda teniendo en cuenta que ya tengo 42 años. Hace la mitad de mi vida me enfrentaba a un frágil balance entre mis ambiciones y lo que mis padres esperaban de mí. Estaba convencida de que lo único que quería hacer para siempre era escribir novelas. Sin embargo, mis padres, que vienen de entornos pobres y que nunca fueron a la universidad, vieron mi exaltada imaginación sólo como un divertido regalo personal con el que no podría pagar una hipoteca o garantizarme una pensión. Yo quería estudiar Literatura Inglesa. Llegamos a un compromiso que ahora veo no dejó satisfecho a nadie y al final acabé estudiando Lenguas Modernas. Pero, apenas el auto de mis padres se volteó en una esquina del camino, dejé de estudiar alemán y corrí al camino de los Clásicos. No recuerdo haberle dicho a mis padres que estaba estudiando Clásicos. Creo que se enteraron el día de mi graduación. Quiero aclarar, entre paréntesis, que no culpo a mis padres por sus puntos de vista. Hay un momento en la vida en que debes dejar de culpar a los padres por guiarte en una dirección equivocada. Cuando ya eres lo suficientemente mayor para tomar las riendas de tu vida, la responsabilidad siempre es tuya. Y aún más: no puedo criticar a mis padres por desear que yo no experimentara la pobreza. Ellos ya eran pobres y entonces yo también lo era y coincidía con ellos en que ser pobre no es una experiencia gratificante. La pobreza trae consigo miedo y estrés y en ocasiones provoca depresión. Significa miles de humillaciones y necesidades.

Pero, a la edad de ustedes lo que más temía yo no era la pobreza, era el fracaso... No soy tan ingenua para pensar que porque ustedes son jóvenes, dotados y bien educados, nunca tendrán privaciones y decepciones. El talento y la inteligencia nunca han vacunado a nadie contra los caprichos del destino. Así que puedo suponer que todos los aquí presentes no han disfrutado siempre de una vida llena de privilegios y felicidades. A pesar de esta suposición, el hecho de que ustedes se están graduando en Harvard sugiere que no están muy acostumbrados al fracaso. Seguramente han tenido tanto miedo al fracaso como han deseado el éxito... Con todos estos preludios, debo decirles que sólo siete años después del día de mi graduación fracasé a una escala épica. Un muy corto matrimonio estalló y yo quedé desempleada, madre soltera, y tan pobre como es posible serlo en la actual Gran Bretaña. Los temores que mis padres sentían por mí, y que yo también sentía, se hicieron realidad y según los estándares habituales, yo misma era el mayor de los fracasos que conocía... No tenía idea de cuánto se alargaría el túnel y durante mucho tiempo cualquier luz al final de ese túnel era para mí una esperanza más que una realidad.

¿Por qué les hablo de los beneficios del fracaso? Es simple: porque el fracaso significa un camino hacia lo no esencial. Al fracasar, tuve que detenerme para entender que pretendía ser alguien muy diferente a lo que en realidad era y comencé a dirigir todas mis energías a lo que en realidad me interesaba... Fui libre, pues aunque mis más grandes miedos se habían materializado, aún estaba viva y aún tenía una hija a la que adoraba y aún tenía una máquina de escribir y grandes ideas. Fue entonces que el suelo de aquel túnel se convirtió en el cimiento sobre el que reconstruí mi vida.

Tal vez ustedes nunca fracasen a la escala a la que yo fracasé, pero algunos fracasos en la vida son inevitables. Es imposible vivir sin fracasar en algo, a no ser que ustedes vivan con tantas cautelas que en realidad no estén viviendo. En ese caso fracasarían “by default”. El fracaso me dio una seguridad interior que nunca había experimentado cuando aprobaba los exámenes en la universidad. El fracaso me enseñó cosas acerca de mí misma que no hubiese podido aprender de otra manera. Descubrí que tengo una voluntad firme y más disciplina de la que creía. También descubrí que tenía amigos con un valor mucho mayor que el de los rubíes que brillan allá arriba.

Ese sentimiento de que has resurgido desde el fondo, más sabia y más fuerte, te da, para siempre, una gran seguridad en tu capacidad para sobrevivir. Nunca te conoces verdaderamente ni conoces la fortaleza de tus relaciones hasta que todo eso se pone a prueba ante la adversidad. El conocimiento que adquieres así es un gran regalo. Todo lo que gané tan dolorosamente tenía más valor que cualquiera de las excelentes calificaciones que había obtenido. Si me dieran una máquina del tiempo o el “giratiempo”, le diría a mi yo de 21 años que la felicidad personal reside en saber que la vida no es una lista de compras y logros. Las calificaciones que tengan ustedes, su currículum, no son su vida, aunque sé que conocerán a muchas personas de mi edad o mayores que yo que confunden esos dos aspectos. La vida es difícil y es complicada y está más allá del control de cualquier persona. Y es la humildad de saber eso lo que les permitirá sobrevivir a las vicisitudes de la vida.

Tal vez piensen ustedes que escogí mi segundo tema, “la importancia de la imaginación”, porque la usé para reconstruir mi vida. Pero no fue tan así. Aunque defenderé hasta mi último aliento el valor de las historias y de los cuentos, he aprendido la importancia que tiene la imaginación en un sentido mucho más amplio. La imaginación no es sólo la capacidad única que tenemos los seres humanos de ver lo que no es real, fuente de todas las invenciones e innovaciones de la humanidad. Es también la capacidad humana más transformadora y reveladora: es el poder que nos permite compartir con otros seres humanos experiencias que no hemos vivido.

Una de las experiencias que más me ha enseñado en la vida precede a Harry Potter y está presente en lo que después escribí en esos libros. Fue en uno de mis primeros trabajos en un departamento de investigación que tenía Amnistía Internacional en Londres. Allí, en mi pequeña oficina, leía asombrada cartas que llegaban de países con gobiernos totalitarios, cartas de hombres y de mujeres que se arriesgaban a ser encarcelados por informar al mundo lo que les estaba pasando. Vi fotos de desaparecidos sin dejar rastro, enviadas a Amnistía por sus desesperadas familias y amigos. Leí el testimonio de víctimas de tortura y vi imágenes de sus heridas. Conocí resúmenes escritos a mano de juicios de ejecuciones, secuestros y violaciones.

Muchos de mis compañeros de trabajo eran ex-prisioneros políticos, personas desplazadas de sus hogares o forzadas al exilio porque tuvieron la temeridad de pensar distinto que sus gobiernos. Entre quienes visitaban nuestra oficina estaban quienes llegaban a darnos información y quienes intentaban saber qué le había pasado a quienes tuvieron que dejar atrás en sus países. Nunca olvidaré a una víctima de tortura, a un africano no mayor que yo. Había enloquecido tras soportar lo que tuvo que padecer en su país. Temblaba incontrolablemente al hablar ante una cámara de video relatando las brutalidades que le habían hecho. Era un poco más alto que yo y parecía tan frágil como un niño. Me dieron la tarea de acompañarlo hasta la estación del metro y al despedirnos, aquel hombre, con una vida destrozada tan cruelmente, me tomó de la mano con una exquisita cortesía y me deseó un futuro feliz.

A mis 20 años, todos los días de la semana me recordaba a mí misma lo afortunada que era por vivir en un país con un gobierno elegido democráticamente, donde la ley y la justicia son derechos para todos. Todos los días conocía más evidencias de las maldades que unos seres humanos infringen a sus compañeros humanos para ganar o mantener el poder. Comencé a tener pesadillas, literalmente pesadillas, nacidas de las cosas que veía, escuchaba y leía. Pero también aprendí en Amnistía Internacional mucho más de lo que antes había conocido sobre la bondad de la humanidad. Amnistía moviliza a miles de personas que nunca han sido torturadas o encarceladas por sus ideas para que actúen a favor de quienes sí lo han sido. Es el poder de la empatía humana, que conduce a la acción colectiva, salva vidas y libera prisioneros.

La gente común, que tienen su seguridad y su bienestar asegurados, se unen por miles para salvar a personas que no conocen, y a las que nunca conocerán. Mi pequeña participación en ese proceso fue una de las experiencias que más humilde me hizo, una de las más inspiradoras de mi vida.
A diferencia de cualquier otra criatura de este planeta, los humanos podemos aprender y comprender sin tener que experimentar. Podemos pensarnos en las mentes de otras personas, podemos imaginarnos en el lugar de otros. Tenemos ese poder, un poder como la magia ficción que yo he creado en mis libros, y que es moralmente neutral. Podemos usar esa capacidad para manipular y controlar o podemos usarla para comprender y simpatizar. Muchos prefieren no ejercitar nunca su imaginación. Escogen permanecer cómodamente dentro de los límites de su propia experiencia, sin preocuparse por pensar cómo se siente haber nacido siendo otro. Rehúsan escuchar los gritos de los demás o mirar a través de los barrotes. Cierran sus mentes y corazones ante cualquier sufrimiento que no los toque personalmente. Podría estar tentada a envidiar a la gente que puede vivir así, pero creo que ellos no tienen menos pesadillas que yo. Escoger vivir en espacios limitados que conducen a una agorafobia mental, engendra otros terrores. Creo que las personas sin imaginación ven aún más monstruos. Y creo que viven con más miedos. Todavía más: quienes por apatía escogen no simpatizar con los demás son cómplices de los monstruos reales...

Una de las muchas cosas que aprendí al final de mis estudios de Clásicos, en los que me aventuré a los 18 años en búsqueda de algo que no podía definir en aquel momento, fue esto, escrito por el griego Plutarco: “Lo que logramos en nuestro interior cambia la realidad exterior”. Es una frase genial que comprobamos miles de veces cada día de nuestras vidas. Expresa nuestra inevitable conexión con el mundo exterior, el hecho de que sólo por existir tocamos las vidas de otras personas.

¿A cuántos de ustedes, graduandos de Harvard de 2008, les atrae la idea de tocar las vidas de otras personas? La inteligencia que tienen, la capacidad de trabajo que han demostrado, la educación que han recibido y se han ganado, los ha colocado en una situación única y con unas responsabilidades únicas. Hasta su nacionalidad los hace únicos. La gran mayoría de ustedes pertenecen al único superpoder del mundo. El gobierno que voten, la forma en que vivan, las maneras en que protesten, las presiones que ejerzan sobre su gobierno, tendrán un impacto más allá de las fronteras de Estados Unidos. Ése es el privilegio que tienen, ésa es también la carga que llevan sobre sus hombros. Si escogen usar su estatus y su influencia para alzar la voz a favor de quienes no tienen voz, si se identifican no sólo con los poderosos sino con quienes no tienen poder, si conservan la capacidad de imaginarse en las vidas de otras personas que no tuvieron los privilegios que ustedes tienen, entonces no sólo serán el orgullo de sus familias, sino el de miles y millones de personas cuya realidad ustedes habrán ayudado a transformar positivamente. No necesitamos magia para cambiar al mundo, porque ya tenemos el poder que necesitamos dentro de nosotros mismos, tenemos el poder de imaginar lo mejor...

Espero que aunque mañana no recuerden ni una sola palabra de lo que les he dicho hoy, recuerden las palabras de Séneca, otro de aquellos romanos con los que me encontré en mis estudios de los Clásicos. Decía él: “Como un cuento: así es la vida. Lo que importa no es qué tan larga sea, sino qué tan buena es”. Les deseo buenas vidas a todos.