lunes, 28 de febrero de 2011

Las antigüedades

Tengo un problema con las antiguedades, y lo reconozco. Hoy me di cuenta de su seriedad, porque creí que era un problema solucionado, pero al pasar por ciertas tiendas en la capital, volví a tener la sintomatología, así que no. Evidentemente todavía sigue siendo un problema. =)

La capital federal me encanta desde pequeña, y mis días favoritos eran aquellos en que mi papá me llevaba a San Telmo al policlínico para mis tratamientos para la alergia. Íbamos por ¡el puente Nicolás Avellaneda, wowww! practicando matemáticas, materia que me costaba mucho de niña. Llegábamos a San Telmo, y el estacionamiento quedaba frente a una cuadra plagada de tiendas de antigüedades. A una cuadra quedaba el pasaje French, no tan antiguo quizás, pero sí con el estilo deseado para el barrio. El policlínico de nuestra antigua obra social queda en Humberto 1º, así que pasábamos por la Plaza Dorrego. El pavimento de rocas, la plaza con las palomas y las mesitas donde se tomaba coca o cerveza... Después del test de alergia tan odiado, era mi gloria pedir una torta de ricota con una latita de coca en el barcito del policlínico.

Más adelante conocí el Paseo la Plaza, en busca de esos premios que dan a los niños que escribieron o dibujaron algo en la escuela, en realidad como excusa para vendernos diversos artículos (que suelen ser bastante poco útiles). Recuerdo que era un día de lluvia y la capital era un desastre y mi papá, enfurecido, proclamó: "nunca más venimos a buscar nada acá".

Cómo me entristeció. Cómo iba a saber yo que pocos años más tarde me sabría desenvolver perfectamente sola por la capital, conocerla bastante aún viviendo lejos, saber hacer largos viajes sin inmutarme, ir a diversos espectáculos, desempeñar variadas actividades, viajar en colectivo, hacer combinaciones, usar el subte, andar en auto... en fin, ¡mi gloria! Siempre llevo mi pequeña guía T a mano, y siempre me pierdo y termino aprendiendo caminos nuevos.

Pero la cuestión eran las antigüedades. Desde que iba a San Telmo, y si alguna vez tenía la suerte de que paseáramos por sus callejuelas, me desvivía, sí, literalmente, por ser una señora grande ya con dinero para poder comprar todos esos muebles, esas lámparas, esos adornos (aunque no soy muy fanática de los adornos). Me agarra una desesperación interna por ser mayor y adinerada y poder disponer de una casa preciosa a gusto y piacere para llenarla de antigüedades.

Hoy pasé por otra tienda y me volvió a pasar lo mismo, después de tanto tiempo. Descubrí una cúpula muy agradable en la intersección entre Marcelo T de Alvear y Santa Fe creo. Me encanta la confitería Del Molino, desearía tanto verla restaurada y en uso. También vi otro edificio que no sé a quién pertenece.

Cómo me encanta todo eso. Quizás no debería, porque soy una estudiante de arquitectura. Sí, también admiro a Aalto, Murcutt, Baliero, a los arquitectos actuales. Pero me parece que, por ahora, la casa de mis sueños dista mucho de parecerse a alguna que ellos podrían haberme proyectado.

4 comentarios:

Valeria dijo...

uhmmmm creo que si este post le hubiese llegado a nuestro amado Daniel en su debido tiempo, te desaprobaba!

SoniaAle dijo...

Obvio. Me ahorcaba.

Il-Magazzino dijo...

Parece que a la confiteria El Molino, la van a restaurar...vamos a ver si se cumple...y cuantos años tardan! :)

SoniaAle dijo...

En SERIO??????

NO te das una idea de la buena noticia que me acabás de dar.

Espero que la cumplan, por Dios Santo!!! Es una belleza y un bastión de lo que fue nuestra Belle Epoque... Gracias por comentar ^^